Seis vacunas en Fase III y tres estrategias científicas para doblegar al virus.

Seis vacunas en Fase III y tres estrategias científicas para doblegar al virus.

En la Argentina se fabricará la desarrollada en Oxford y se probarán otras dos, que utilizan distintas técnicas: adenovirus de chimpancé y humanos, el ARN mensajero y la inactivación del propio coronavirus.

Seis vacunas en Fase III, es decir, ya en la etapa de testeo en humanos a gran escala , son las candidatas a ofrecer la respuesta a la peor pesadilla pandémica que haya experimentado el planeta. Una de ellas se producirá en la Argentina y estará lista en abril del año que viene. Otras dos se están probando en el país. Ante esa compleja geopolítica en la que se mezclan laboratorios multinacionales con los intereses en pugna de diferentes potencias, el Estado argentino apuesta a varias puntas, en pos de asegurarse el acceso, en el más corto plazo, a millones de dosis de inmunización, una vez que esta carrera contrarreloj de la ciencia médica llegue a su fin. En cualquier caso, no todas las vacunas son iguales. Y aunque persiguen el mismo objetivo, las que hasta aquí llevan la delantera despliegan estrategias biotecnológicas muy distintas. 

Son tres: las vacunas de virus inactivados, las que usan ARN mensajero y las que utilizan diferentes adenovirus. 

La que desarrolla la empresa estatal china Sinopharm, y cuyos ensayos en Fase III, que ya se realizaron Emiratos Árabes Unidos y comenzaron en Bahrein, también se realizarán en la Argentina en los laboratorios Elea, es una vacuna que se aplicará en dos dosis y será producida en base al virus inactivado. La misma técnica utiliza otro emprendimiento chino, del consorcio Sinovac. 

“Las vacunas que más conocemos, como las de la gripe o la polio, son de virus inactivados –explica el biólogo Juan Manuel Carballeda, investigador del Conicet en el Laboratorio de Virus Emergentes de la Universidad Nacional de Quilmes–. Desarrollar una vacuna así supone producir grandes cantidades del virus en cultivos celulares, y después inactivarlo, romperlo mediante algún procedimiento químico o físico. Lo que se inyecta es ese preparado del virus destruido. Nuestro sistema inmune reconoce patrones asociados a esos patógenos y monta una respuesta inmunológica protectiva contra el patógeno real. La desventaja que tiene este tipo de vacunas es que manejar esas grandes cantidades de patógenos implica fuertes normas de bioseguridad”. La vacuna cuya eficacia ya se está probando en miles de voluntarios argentinos en el Hospital Militar Central, desarrollada por el consorcio farmacéutico Pfizer-BioNTech, utiliza la técnica de ARN mensajero. “Lo que se inyecta en este caso es solamente un pedacito de material genético de un gen del virus, que es la proteína Spike, que es la que en este coronavirus sobresale en cada partícula viral. Una vez vacunados, la maquinaria de nuestras células expresa esa proteína y nuestro sistema inmunológico monta una respuesta contra ella. La ventaja principal es que es fácilmente escalable, porque ese material genético es muy fácil de sintetizar en masa. La desventaja es que todavía no conocemos ninguna vacuna licenciada que funcione de esta manera”, describe Carballeda. El desarrollo del laboratorio estadounidense Moderna también apuesta al ARN mensajero del virus.

Otra técnica es la de adenovirus, que utilizaron los investigadores de la Universidad de Oxford y el laboratorio sueco-británico AstraZeneca para desarrollar la vacuna que se producirá en la Argentina. Según confirmó Hugo Sigman, presidente del grupo Insud, al que pertenece el laboratorio mABxience –adonde se está realizando la transferencia de tecnología que permitirá fabricar la sustancia activa, que se envasará en México–, la vacuna comenzará a distribuirse en abril del año que viene. Costará apenas 4 dólares, y no se venderá a privados sino sólo a Estados de América Latina (excepto Brasil). 

Oxford investiga hace años vacunas basadas en adenovirus para otras enfermedades, entre otras el coronavirus MERS, que surgió en Medio Oriente en 2012. “A ese adenovirus de chimpancé, que al animal le causa apenas un resfrío, se lo modifica con ingeniería genética y se le agrega la proteína Spike del SARS-CoV-2 –explica Carballeda–. Lo que se obtiene es una suerte de virus mutante que también expresa esa proteína, que no puede replicarse en nuestro cuerpo pero motiva una respuesta inmunológica”. 

La vacuna de CanSino Biologics, la unidad de investigación militar china, completa el grupo de seis desarrollos que encabezan la búsqueda y también utiliza un adenovirus, pero humano, de una cepa que no causa ninguna enfermedad sino apenas un catarro. 

Sputnik V, la vacuna que anunció Rusia, combina dos adenovirus humanos, el Ad5 y el Ad26. Hasta aquí, la OMS no la reconoce como de Fase III –entre otras razones, por no haber publicado sus avances en revistas científicas–, lo que no fue obstáculo para que el gobierno argentino saludara efusivamente al ruso por la noticia. 

Es que en la compleja geopolítica de la pospandemia, disponer de inmunización a gran escala será un dato clave para todas las administraciones. “Todavía no sabemos cuál de ellas puede funcionar, y en ese sentido –concluye el virólogo de la UNQui– la estrategia del Estado argentino de poner huevos en distintas canastas me parece la más adecuada. De ese modo se amplía el espectro a la hora del acceso a las vacunas que realmente resulten eficaces”.

 

*Por Pablo Taranto para Tiempo argentino / Imagen de portada: AFT.

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