Ser voluntarios en la campaña de vacunación

Ser voluntarios en la campaña de vacunación

Por Fabián Coniglio-

Las Dos Puertas de Entrada

Abuelo, ¿no te da miedo que te pinchen? —Don Teodoro le regaló a su nieta una sonrisa tierna y le dijo que lo que menos tenía hoy, era miedo. En el interior del auto, estacionado por la calle Ramón y Cajal, frente al Complejo Cultural de Río Gallegos, Cintia con su hijita acompañan al abuelo para el turno de vacunación ante el COVID-19.

—¿Vamos entrando? —Pá, faltan como quince minutos… Bueno, dale. Vamos.

En la entrada del museo “Padre Molina”, una chica le toma la temperatura, constata el DNI y lo hace ingresar. Otra chica, vestida con una bata celeste, cofia, barbijo y lentes, le completa a mano su carnet de vacunación: datos personales, teléfono de contacto, marca y lote de la vacuna que le van a colocar.

 

Mientras tanto, mi esposa y yo entramos a la Biblioteca “Juan Hilarión Lenzi” por José Ingenieros, para cambiarnos y empezar nuestra tarea de voluntarios. Llegamos sin demora desde nuestros trabajos en el Consejo Provincial de Educación. En tres minutos ya estamos como el resto: con toda la vestimenta de seguridad. En nuestras credenciales se lee: “Registrador”. Esa es nuestra tarea diaria. Atravesamos las salas del Complejo, llegando a nuestros puestos. Martín nos entrega la tablet con la que entramos al sistema nacional de vacunación. Yo ocupo el puesto 10, mi compañera, el 9. En cada puesto se encuentran 5 sillas separadas con el debido distanciamiento, orientadas hacia una mesa donde se encuentran los elementos para las aplicaciones. Nosotros estamos atrás de las sillas, para recibir a quienes se vacunen.

 

 

De la NASA a la salida escolar

Don Teodoro está sentado en la sala de espera, aguardando que sean las 13 horas. Ve cómo el Complejo se transformó en un lugar que le recuerda a las películas de la NASA. Ríe para sus adentros. Un primo de él trabajó en la construcción de este edificio, que hoy lo recibe.

—Hola, soy Gladys. Acompáñenme por favor.

La voz lo apartó de sus pensamientos. Miró su muñeca: eran las 12.52, pero junto a él, esperaban otras cuatro personas de su edad.

Se levantó y acompañó a Gladys que llevaba del brazo a una señora que no paraba de hablar. —Hace un año que no salgo de mi casa— le contaba. Teodoro entendió que no era el único que pasó por esa situación. Caminó la procesión que guiaba Gladys viendo cómo a su paso, los puestos de vacunación quedaban a su costado. En cada uno el ellos había personas vestidas como Gladys, de doctores—astronautas. Sonrió con picardía nuevamente.

 

Los vi venir por el pasillo del Complejo. Mi puesto está ubicado en el salón central de exposiciones. Éste era el primer grupo que recibiría. Gladys les indica que tomen asiento y me entrega los cinco carnets que debo ingresar al sistema informático nacional. Teodoro se sienta en la última silla, la que está ubicada más cerca de la mía.

—Buenas tardes, ¿me escuchan bien? Soy Valentina, la persona que les va a aplicar la vacuna.

La enfermera, con dulzura materna, sigue hablando, no ya desde adelante, sino desde el costado, bien cerca de una persona que no oía muy bien.

—Les voy ca colocar la vacuna rusa, que viene congelada y la estoy descongelando en mi mano.

Valentina les explica dónde se coloca, qué reacciones podría provocar y cuánto debían esperar después de colocada. Les pide que descubran el brazo menos hábil y comienza a vacunarlos.

Cuando está por terminar, coloqué los carnets en su mesa para que los selle y los firme.

Vuelvo a mi silla y de pronto gira hacia mí don Teodoro: —Mañana tiene turno mi esposa. ¿Usted es doctor?

Le conté quién era, le manifesté alegría por lo que me contó y nos quedamos un segundo en silencio. Sólo nos miramos. Al fin y al cabo, nuestros ojos son casi lo único que podemos mostrar en este lugar. Imaginé su serenidad, su tranquilidad. ¿Qué habrá leído en mi mirada?

Otra vez, la misma voz, lo apartó de sus pensamientos: —Ahora me acompañan a la sala para esperar media hora. —Gladys, en cuya identificación se lee “asistente”, también es una voluntaria.

A lo lejos se escucha música, proveniente de un equipo de sonido colocado en la “Sala de las columnas”, en donde esperarán los que fueron vacunados.

Me despido de este primer grupo: —ahora se arma el baile— bromeo. Saludan y agradecen.

Desde los grandes ventanales, llenos de sol, que rodean la sala pos-vacunatoria, Cintia y su hijita, saludan con las manos al abuelo, como esperando que salga de la escuela. Teodoro, levantando la mano, muestra su carnet. Pronto regresarán a casa.

 

El legado de la pandemia del 20

Cuando mi esposa y yo tengamos la edad de Teodoro, les contaremos a nuestros nietos que fuimos voluntarios en “la pandemia del 20”. Ellos preguntarán qué fue eso. Les contaremos qué ocurrió y cómo cada quién tomó postura. Les diremos que hubo regiones enteras que no fueron cuidadas y otras que sí. Que las posturas ideológicas y políticas salvan o matan. Les haremos ver que es importante mirar más allá de los propios intereses y ver en las miradas de los demás las nuestras.

Les diremos, mostrando nuestras credenciales añejadas, que nadie se salva solo. Y les diremos que estuvimos orgullosos de haber estado, aquella vez, en el lugar correcto.

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